Por la vía legal pero con dudosa legitimidad social, la aprobación del crematorio y la planta de residuos patológicos cerca de la Comunidad Nahuel Pan reabre viejas heridas. Un error de cálculo político en Esquel que puede traer consecuencias.
Hace 48 horas, el Concejo Deliberante de Esquel aprobó por ordenanza la instalación de un crematorio a escasa distancia de la Comunidad Nahuel Pan. La aprobación se logró alcanzando la mayoría calificada que exige la ley —7 de los 10 concejales—, por lo que, en términos estrictamente normativos, el acto es legal.
Sin embargo, más allá del marco legal, hay una regla no escrita pero categórica en la gestión pública: no todas las ordenanzas aprobadas cuentan con el acompañamiento ni la licencia social que la norma requiere. Cuando esto ocurre, el riesgo político para el gobierno de turno se eleva exponencialmente. Es el tipo de decisiones que transforma la apatía ciudadana en un acto de rebeldía e impulsa, incluso a los propios, a dudar de su apoyo.
Este exceso de confianza suele ser hijo de la omnipotencia. Cuando una gestión encadena una sucesión de medidas sin encontrar barreras que la frenen, los errores de cálculo aparecen de un plumazo para devolver la realidad a la mesa.
El caso de la Comunidad Nahuel Pan es emblemático. A lo largo de los años, las distintas administraciones han perjudicado a sus pobladores sin prestarles la debida atención, reduciendo el vínculo a la foto de ocasión para simular una preocupación por la contaminación que nunca fue tal: el acceso al agua, el basurero a cielo abierto, los animales enfermos o las acusaciones cruzadas por los incendios.
En esta oportunidad, el proyecto no solo contempla un crematorio a pocos metros, sino también una planta de residuos patológicos y lubricantes. Todo esto tramitado sin un informe de impacto ambiental transparente y sin la consulta previa a la comunidad que establece la ley.
La empatía como verdadero poder
Resulta difícil no pensar que las consecuencias de esta medida se calcularon sin serenidad. Si el gobierno municipal esperaba que la noticia impactara un par de días para luego diluirse entre la propaganda oficial y las redes sociales, el escenario real dista mucho de esa expectativa.
Por más mensajes de apoyo que se coordinen o concejales que celebren en plataformas digitales un “desarrollo fenomenal” que promete convertir a Esquel en una suerte de Qatar cordillerano, hay un factor no contemplado: la Comunidad Nahuel Pan está profundamente arraigada en el tejido social local.
Su verdadero poder no reside en la agresividad, sino en la empatía que generan en la ciudadanía, una fuerza enormemente superior a la del propio Ejecutivo municipal. Son pacíficos, pero también reconocidos como uno de los sectores más castigados desde los albores de nuestra historia como pueblo.
El fantasma del racismo y los antecedentes que condenan
El peligro potencial para el Intendente, los concejales y el aparato político que sostiene al oficialismo es que en la discusión pública se instale una palabra incómoda pero destructiva: racismo.
Hasta hace poco, el término sonaba desmedido. Sin embargo, el contraste de antecedentes resulta brutal. Años atrás se le impidió a la misma empresa instalar una casa de sepelios al lado de la vivienda del intendente de aquel momento. Hoy, con una celeridad abismal, se le permite radicarse en el Parque Industrial, a escasos metros de la comunidad originaria.
Por más esfuerzos técnicos que se hagan para argumentar que no son situaciones comparables, la percepción pública los encuadra bajo la misma lógica. Y esa sola palabra resume demasiado. Si la controversia trasciende a los medios nacionales, el daño reputacional para la gestión será difícil de medir.
La sorpresa del voto de la Concejal Sánchez Albornoz
Dentro del recinto, el dato que más llamó la atención fue el acompañamiento de la concejal Silvana Sánchez Albornoz. Más allá de los fundamentos técnicos que argumente su voto —siendo abogada y de trayectoria vinculada a causas sociales—, la comunidad no esperaba su aval.
Es comprensible el reclamo de la edil cuando señala que poco se dice del resto del cuerpo legislativo; la diferencia radica en que del resto no se esperaba una postura distinta. De ella sí. La comunidad interpretó que, tras su visita al territorio días antes donde escuchó de primera mano las objeciones, su postura sería opuesta.
Si la concejal entendía que con las modificaciones introducidas el proyecto se volvía viable, debió haberlo comunicado a los vecinos de antemano. De ese modo, la indignación no se hubiese concentrado de manera casi exclusiva en su figura, sino en la totalidad del bloque que levantó la mano.
Un conflicto en marcha
Cualquiera sea el desarrollo de los acontecimientos, Esquel se encuentra ante un problema de magnitud. Como advirtió en redes sociales un reconocido profesional de la salud de la zona, la aprobación ya genera derechos adquiridos para los privados, fijando un escenario complejo de revertir.
Lo que aún no se mide es la deriva social que esto pueda desencadenar. La comunidad está seriamente ofuscada y es un error asumir que la opinión pública prioriza el desarrollo a cualquier costo. Existe un amplio respaldo silencioso que no dudará en expresarse si el reclamo se profundiza.
Porque el fondo de la discusión sigue siendo el mismo: el agua, la contaminación y la presión constante sobre los sectores más vulnerables. Cuando una vecina mayor clama con desesperación que “no pasarán”, no está pidiendo un lote, una obra ni un negocio. Está pidiendo vivir en paz y que no le instalen una planta de residuos patológicos a metros del lugar donde cocina todos los días.
Fuente de la foto: CANAL 4 ESQUEL.-





