Nacido en Corrientes, eligió el sur argentino para comenzar su carrera militar. A lo largo de los años enfrentó la tensión en los Andes, la crudeza del combate en el Atlántico Sur y un fortuito encuentro cara a cara con el comandante en jefe de las fuerzas británicas.
Cuando Cosme José Barrios anunció en su hogar de Itatí que deseaba ingresar al Ejército, las objeciones no tardaron en aparecer. Su padre, preocupado por los riesgos de la vida militar, intentó disuadirlo advirtiéndole que ante una eventual guerra él sería de los primeros en la línea de fuego. Sin embargo, con la determinación que definiría su vida, Cosme le respondió que en todo conflicto siempre hay quienes logran regresar, y que él confiaba plenamente en salvarse.
Nacido y criado en la localidad correntina de Itatí, en su juventud fue monaguillo e inicialmente evaluó la posibilidad de seguir la vocación sacerdotal. Con el tiempo, sus perspectivas cambiaron, comenzó a trabajar y finalmente volcó su vocación de servicio hacia las Fuerzas Armadas. En 1977 egresó de la escuela de suboficiales como cabo conductor motorista, obteniendo el puesto 11 entre 54 egresados.
A la hora de elegir su primer destino, solicitó ser enviado al Regimiento C3 Coraceros General Pacheco, con sede en Esquel. Sorprendido por la decisión de un joven norteño que dejaba de lado vacantes en su propia provincia, un mayor le preguntó las razones de su elección. La respuesta fue simple y directa: quería conocer el sur, pues el norte ya lo conocía.
Tensión en los Andes y el anuncio en las islas
Pocos años después de asentarse en la Patagonia, el contexto internacional puso a prueba la preparación del regimiento. En medio de la tensión limítrofe con Chile en diciembre de 1978, Barrios fue desplegado hacia el área del Paso Cardenal Samoré (entonces Paso Puyehue).
El trayecto hacia la frontera demandó un esfuerzo operativo considerable. Al mando de los camiones de transporte y operando los tanques Sherman, debió enfrentar caminos de ripio pronunciados donde la tracción fallaba, obligándolo a maniobrar los blindados en terrenos complejos. Para la Nochebuena de 1978, se encontraba apostado dentro de su tanque con la munición lista para el combate, situado a corta distancia de una brigada trasandina. Durante más de siete meses permaneció en la cordillera en pie de alerta, hasta que la crisis se resolvió por la vía diplomática y los tanques fueron devueltos a Buenos Aires.
A comienzos de 1982, una visita oficial en el cuartel de Esquel anticipó los acontecimientos que convulsionarían al país. El general Leopoldo Galtieri recorrió las instalaciones y se acercó a conversar con Barrios, indagando sobre el estado de la flota vehicular y los repuestos necesarios para su puesta a punto. Aunque en ese instante el suboficial solo percibió un inusual interés técnico, la recuperación de las Islas Malvinas el 2 de abril le dio pleno sentido a aquel encuentro.
El cruce histórico: Cara a cara con el General Jeremy Moore
El 12 de abril de 1982, tras embarcar en Comodoro Rivadavia, Barrios pisó territorio malvinense como parte de la tripulación de una tanqueta, acompañado por el jefe de vehículo y el apuntador. Allí debieron resistir no solo la amenaza de la artillería enemiga, sino también la severidad del clima insular, caracterizado por vientos constantes, lluvias y nevadas.
En el tramo final del conflicto tuvo lugar uno de los episodios más singulares de su paso por las islas. Mientras se encontraba resguardado entre la geografía rocosa del terreno, sintió repentinamente que alguien le daba unos toques en la espalda. Al girar la cabeza esperando encontrarse con un camarada argentino, vio a un efectivo uniformado que comenzó a hablarle en inglés.
A pesar del obstáculo idiomático, ambos lograron entenderse en medio del terreno. El militar británico le preguntó por el paradero del comandante militar argentino, el General Mario Benjamín Menéndez. Sin dudarlo, Barrios se puso de pie, lo acompañó caminando unos cincuenta metros por el sector y le señaló exactamente la ubicación de la comandancia. Solo después comprendería la trascendencia histórica del momento: aquel hombre al que acababa de guiar era nada menos que el General Jeremy Moore, comandante en jefe de las fuerzas terrestres británicas en el Atlántico Sur.
“Estaba escondido entre las piedras y un soldado me toca la espalda. Me habló en inglés, nos entendimos y lo acompañé unos 50 metros para indicarle dónde estaba el General Menéndez. Era el General Jeremy Moore.”
Devoción, camaradería y memoria
Durante toda la campaña, llevó consigo una estampita de la Virgen de Itatí en el bolsillo, pidiendo regresar junto a sus compañeros al regimiento. De los 26 hombres que partieron de Esquel, los 26 lograron volver con vida, aunque el conflicto dejó secuelas imborrables. Durante un intenso bombardeo en la zona del hipódromo de Puerto Argentino, cinco integrantes del grupo resultaron heridos de gravedad. Entre ellos, el subteniente Tamaño sufrió la pérdida parcial de un brazo, mientras que el soldado Iglesias y el cabo primero Alegre recibieron esquirlas en la médula y las extremidades. En medio de la emergencia, Barrios y su compañero “Cacho” Vilte auxiliaron a los heridos, trasladándolos a pie a lo largo de un kilómetro y medio hasta el hospital de campaña.
En medio de las penurias surgieron también lazos comunitarios inolvidables, como cuando conoció al enfermero del Batallón de Marina, Marcelo Salonio, quien lo auxilió durante un severo dolor de muelas entregándole un analgésico mientras esperaban la atención de un odontólogo militar.
Tras su retiro del servicio activo, Barrios continuó enfrentando batallas complejas, superando recientemente cuadros severos de salud durante la pandemia. Su testimonio de vida perdura como un registro fundamental de valentía, camaradería y fe de los veteranos de Malvinas.
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